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Un beso con mucho jugo teatral


TOLEDO
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El beso, del dramaturgo holandés Ger Thijs, es una comedia existencial que quiere dibujar un panorama de realidad, romanticón unas veces y con toques naturalistas otras. Teatro sencillo en el que la palabra y el gesto son claves. También lo es la necesaria complicidad entre los actores. El diálogo entre dos personas que se encuentran al azar es la acción que se desarrolla a lo largo de hora y media; un encuentro fortuito en un montículo en medio de la naturaleza otoñal de Holanda, desde el que se aprecia el horizonte y los pueblos que lo rodean, y un banco en el que se pasan sentados los dos intérpretes gran parte de la función. No pasa nada y mientras nos parece que el mundo está bien hecho.

Cuando algo ocurre que se sale de la línea habitual ya será otra cosa. Y lo que ocurre es que en ese diálogo va fluyendo la confianza y con la confianza la apertura de lo más personal y entonces ya no es lo mismo. Incluso con la rapidez del rayo se puede atisbar un crepitar amoroso, que tiene su punto culminante cuando ella saca un seno de la camisa y él lo toca y lo intenta besar. Es solo un momento, el del beso, no así el del seno que sigue a la vista durante una larga escena, a mi modo de ver sin mucha necesidad, una vez que ha ocurrido el acercamiento.

El autor busca una línea de normalidad de dos personas de la vida real que se encuentran por azar, que se temen, se pelean, se acechan, se atraen, se repelen y, sobre todo, buscan fieramente un objetivo: sentirse vivos. Son dos seres solos y en principio dos personas distantes, que se van acercando y comprendiendo hasta ser cómplices y comunicarse. Aunque no se obvia ni el sufrimiento ni la muerte, sobre todo con una escena crudísima en la que se tiene una conversación sobre el cáncer. La sencillez de la vida misma no es tan sencilla y las vivencias personales y la realidad profunda de la existencia solo salen del corazón a la palabra cuando ocurre algo que nos sorprende. Ese encuentro en ese banco de ese montículo en un bosque holandés es lo que sorprende a los dos personajes de El beso.

El autor propone una mirada sincera y a la vez irónica sobre nuestros miedos, una mezcla trágica y cómica, la misma sustancia de la que está hecha la existencia. Sin embargo, la verosimilitud de la historia se resiente por la acumulación de temas, efectos, hechos, palabras y emociones. No es posible que ocurra tanto en tan poco tiempo. La verdad es que la obra no da respiro. Y se lleva mejor por los momentos de humor que se suceden, aunque a veces ese humor tenga toques de sarcasmo. Ese encuentro con el otro, en el fondo viene a ser la excusa para expresar lo que uno mismo siente. El diálogo da agilidad y teatralidad a lo que bien se pudiera haber expresado en dos monólogos, el de ella y el de él. ¡Quién no ha tenido alguna vez en la vida un encuentro esporádico! Ahora bien, sacarle tanto resultado a un encuentro de ese tipo solo puede ocurrir en el teatro.

En una escenografía inamovible (unidad de lugar), que nos traslada con muy pocos elementos a un bosquecillo y que resulta muy evocadora y poética, con una excelente, eso sí, iluminación, se desenvuelve la acción, que más que acción es diálogo. Con muy poco movimiento, el escenario se centraliza. Acaso esa interpretación en primer plano, casi toda ella sentados en un banco, que sin duda forma parte de la dramaturgia ideada por María Ruiz, hubiera requerido de un poco más de agilidad para no focalizar tanto y, aunque solo son dos los personajes, que los actores lograsen una ocupación del escenario más centrífuga y menos centrípeta. Quizá debiera haber corregido algunos errores repetidos de traducción, como la muy repetida palabra «pelegrinaje» por peregrinación. Aún así, se hace gala de una dirección muy correcta y atenta a los detalles más minimalistas.

La interpretación ha mostrado una complicidad entre dos actores muy distintos, tanto a la hora de moverse como a la de expresarse. Isabel Ordaz es un estilo en sí misma. Ella habla en el modo Ordaz, guste más o guste menos, que le da una autenticidad y una verdadera personalidad. Sus frases no son un continuo sonoro entre dos pausas, sino un sube y baja característico, que a veces si baja demasiado traiciona, pues no se entiende bien más allá de la séptima fila del patrio de butacas, pero que perdonamos que no se entienda, porque podemos suponernos lo que ha dicho. Y el gesto también es de pura factura Ordaz, que siempre termina por hacernos parecer que sus personajes rezuman ternura y sientes casi la necesidad de ayudarlos o compadecerlos. Santiago Molero es la espontaneidad bien estudiada, el cambio de tono, la diversidad en el gesto y el movimiento corporal, la gracia para el humor en un papel que le viene muy bien, pues la realidad que retrata es la de un humorista en cierto modo fracasado, de tal manera que perfila un personaje expansivo, pero con un punto de tristeza en el alma. La verdad es que este personaje masculino no nos deja claro si es un ángel, un villano, un asesino o un impostor. Más previsible es el personaje femenino.

El beso, en fin, resulta una obra modesta aunque agradable, extraña y bella, con momentos un tanto absurdos e hilarantes, con un humor agridulce y con temas que son cercanos a la mayoría del público, especialmente el público adulto, como la rutina de la convivencia, la incomprensión, el pánico a la enfermedad, al deterioro físico y la muerte. No la veo como una obra para jóvenes ni para hipocondriacos.

El público que casi llenaba el
teatro de Rojas
aplaudió con moderado entusiasmo la labor realizada sobre el escenario.

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