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Europa puede dar la espalda al gas ruso en tres años si acelera el despliegue de energías renovables



La guerra de Ucrania ha trastocado los planes energéticos de Europa, que trabaja a marchas forzadas para reducir su dependencia de los combustibles fósiles rusos. Bruselas busca la forma de reducir a cero las compras de gas a Moscú sin ver alterada la seguridad de sus suministros y para ello está rastreando nuevos mercados, como el estadounidense, que enviará un 68% más de buques metaneros, al mismo tiempo que estudia nuevas inversiones en infraestructuras gasistas: desde la posible construcción del MidCat para llevar combustible desde África, pasando por España, hasta Francia a la creación de nuevas plantas regasificadoras para descargar GNL en los puertos.

Este contexto, no en vano, abre la puerta a una involución en la lucha contra la crisis climática y en los planes de descarbonización europeos. El riesgo de que se paralicen las inversiones en renovables es evidente, a pesar de que estas se presentan como una solución importante para dejar de lado la dependencia rusa y reducir la huella de carbono del viejo continente. Así lo evidencia una estudio de la consultora francesa Artelys publicado este miércoles en el que se constata que Bruselas podría dar la espalda a los recursos energéticos de Moscú en 2025 si prosigue con el despliegue de tecnologías solares o eólicas y se deja de lado las inversiones en nuevas infraestructuras de gas.

El estudio –un encargo de la Fundación Europea para el Cambio Climático– estima que si Europa aplicase de manera estricta los objetivos de la estrategia Fit-for-55 –el paquete de medidas de la Comisión para reducir a la mitad las emisiones de CO2 durante la década en curso– podría reducir la demanda de gas en un 17% de cara a 2025. De esta forma se podría “abandonar en gran medida el gas ruso”, dice el informe e incrementar 135 GW de eólica y 124 GW de fotovoltaica.

Países con gran dependencia del gas ruso

En este escenario el suministro energético europeo quedaría garantizado en buena medida, con el riesgo de dejar sin cubrir 40 GW. Según los cálculos, esto afectaría de manera directa a Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania, países con una gran dependencia del gas ruso. Bajo este escenario se abren dos líneas de acción política: la búsqueda de nuevos mercados de gas alejados de la esfera europea, que es el camino escogido por Bruselas en los primeros meses de guerra; y , por otro lado, el incremento de capacidad de las renovables.

La primera línea de actuación supone, debido a la situación geográfica de Europa, un incremento del 50% de las importaciones de gas natural licuado (GNL) por buques metaneros de EEUU o de África. Todo ello abre riesgos importantes para la lucha contra la crisis climática, pues la carestía de este combustible respecto al gas natural transportado en gasoducto llevaría directamente a un aumento de la producción eléctrica mediante carbón y centrales de lignito, lo cual elevaría un 3% las emisiones de CO2 del continente.

Construir nuevas infraestructuras, dice la publicación, podría dejar hipotecada a Europa, pues algunos proyectos como las plantas de regasificación o las tuberías de transporte van ligados a contratos de suministro que oscilan entre los 10 y 20 años de duración. Estas inversiones pueden retrasar, por ende, el despliegue de energías verdes o convertirse en capital varado y difícil de amortizar debido a la competitividad las eólicas y las renovables en las próximas décadas.

La otra línea de actuación habla de aumentar un 10% el despliegue de energías renovables respecto a la estrategia Fit-For-55, además del desarrollo de políticas de eficiencia energética y la electrificación de industrias y hogares a través de la sustitución de calderas de gas por bombas de calor. De esta forma se podrían suprimir los 152 millones de metros cúbicos (bcm) de gas que aporta Rusia a los suministros del continente sin construir nuevos gasoductos o nuevas regasificadoras.

En el escenario de despliegue de renovables Europa no podrá desprenderse a corto plazo del gas, en tanto que el GNL seguirá siendo una pieza clave del mercado energético. No obstante, Bruselas incrementará la llegada de metaneros en un 25% (en un escenario como el actual, el incremento es de hasta el 50%). Los analistas hablan de la necesidad de usar buques de almacenamiento y regasificación a bordo (FSRU) para no construir más infraestructura, de modo que estos barcos puedan ir desmantelándose de manera progresiva a medida que las renovables ganen más peso en los mercados.





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