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Si no soy yo mismo… ¿quién debo ser? – Otras miradas


Imagen de archivo.- Pixabay

“La idea de la fatiga como clave interpretativa de lo millennial no nace como resultado de una sesuda investigación teórica (…), sino de una escena que se repite una y otra vez: llegar tarde a casa, sentarme en el borde de la cama sin quitarme la chaqueta y ponerme a hacer scroll down en Twitter, en Instagram, en LinkedIn y otra vez en Twitter, para volver a empezar el ritual, asomado al abismo, sin publicar nada, insistiendo en el descenso obsesivo sin finalidad alguna, dejando pasar el tiempo- ¿media hora?, ¿una hora?, ¿hora y media?- hasta que ya es demasiado tarde para casi todo lo que me queda por hacer”.

Solo por este párrafo, alojado en las primeras páginas de No seas tú mismo (Paidós), merece la pena leer el ya bastante conocido ensayo de Eudald Espluga. El libro es mucho más (o, quizá, uno de los más completos) análisis de la precariedad estructural y de todas las piezas que componen el puzzle. Un malestar mucho más complejo que el que pueda dibujar cualquier caricatura, mucho más poliédrico de lo que se pueda sintetizar en una reseña. Espluga advierte de que lo millennial, lejos de ser una categoría, es casi una anécdota, una cortina de humo que puede distraernos de las piedras que realmente tenemos en el camino. Una de las (muchísimas e interesantes) referencias citadas corresponde a Alba Muñoz, que en 2019 escribía en eldiario.es:

“La mayoría de millennials —quizá sea este un nombre con demasiado brilli brilli para lo que en realidad entraña—vivimos adaptados a la incertidumbre, a la precariedad crónica, a los eufemismos mágicos y a los aleccionamientos diarios. Mi experiencia es que aguantamos el peso de un camión pero por algún motivo insisten en vernos como bailarines contemporáneos, ligeros y despreocupados”.

A Espluga le preocupa que, con el pretexto de lo juvenil y lo cool, nos enjaulen en proyectos de vida imposibles de cargar. En este magma, “las personas no existimos sino como un proyecto de perfeccionamiento infinito, y nuestro estar en el mundo se ha convertido en una forma de autoproducción constante” y “la experiencia misma del mundo se confunde con la gestión corporativa de nuestro yo” Y, ante tamaño huracán, da lo mismo pretender llegar a todo a base de drogas y de dormir poco que pretender liberarse con terapias de desconexión y con ayuda psicológica. No estamos cansados o vagos: solo no llegamos. Y el problema no está en nosotros. “El estrés y la ansiedad no son una afectación pasajera (…) sino la condición estructural de nuestra existencia” Frente a estos problemas, añade, no caben “soluciones de mínimos”.

Quizá mi único pero a esta obra sobresaliente es el apartado de las propuestas. De esas se ocupa principalmente en el último capítulo. Intuyo que ni siquiera discrepamos: cuando Espluga se pregunta “¿qué podemos esperar de un Magikarp?” (spoiler: nada, salpicadura no tiene ningún efecto) le está lanzando una hidrobomba al sistema de flotación de la individualidad perfecta y sofisticada, a la ley de la acción y la expectativa. También es más que interesante la referencia a la performance de la artista Pilvi Takala, que se pasó todo un mes de prácticas en las oficinas de Deloitte de brazos cruzados.

No obstante, la virtud de la reflexión (que riza el rizo, que alerta contra los antídotos mágicos y simplones) se diluye un poco, a mi entender, en la falta de ejemplos concretos y vigorosos de lo que pretendemos construir como alternativa. ¿Y no es precisamente la falta de imaginarios, la imposibilidad de pensar otra cosa que no sea estudiar, trabajar, producir o crear como mulas con bluetooth la que nos echa en brazos de la anomia? La fatiga sólo puede ser afirmativa si la llenamos de contenido. Del pecado de la fatiga al derecho a la pereza.

Echo de menos, por ejemplo, referencias a la gran renuncia en Estados Unidos o a, sin ir más lejos, la muy celebrable dificultad que están encontrando los dueños de los bares en España para encontrar camareros. Pero voy más allá con mi pregunta. ¿Qué soluciones de máximos vamos a defender desde la cultura crítica cuando ni nosotrxs mismos somos capaces de frenar y respirar, cuando no alcanzamos ni lo mínimo, cuando, cómo señalaba provocativamente Jorge Moruno, no hay nada más parecido a un emprendedor que un militante?

Me tentaba, por eso, empezar el texto alertando de que no parábamos de leer libros sobre no parar. En otro artículo presumía, movido por esta paradoja, de mi lentitud lectora. En todo caso (y más allá de las circunstancias de cada cual), creo que una buena manera de empezar a negarnos a ser nosotros mismos es no infravalorar (sin fliparse) los pequeños gestos ni las pequeñas gestas. Para la construcción de un nuevo sentido común que consiga desbarazarse de esta pesadilla debemos celebrar y aplaudir como un gol a las personas que dejan su curro, a los que se lo toman con calma, a los que de pronto pulsan el botón rojo para no soportar al imbécil de su jefe ni un minuto más. Sin ejemplos tangibles, por muy heterodoxos o naif que nos resulten, por muy contextualizados que deban estar, predicaremos en el desierto. Y nuestra única respuesta será “joder, no sé”. Si no soy yo mismo… ¿quién debo ser?





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