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Ese mar inalcanzable



La vida da zarpazos que no solo desgarran la piel. Los zarpazos que más duelen, los que nunca terminan de cicatrizar, son aquellos causados por la indiferencia de quienes tendrían que allanarnos el camino. En este caso, el camino al mar. Ese mar que solo podemos contemplar desde una lejana ventana, desde un paseo marítimo. Un mar que es, más que nunca, horizonte inalcanzable. Inaccesible para aquellos que no pueden llegar hasta la orilla sobre sus dos piernas.

Francisco Miguel e Isabel frisan una edad en la que no tendría nadie que reivindicar algo tan esencial como un acceso al mar. Están en esa edad en la que uno aspira a disfrutar de pequeños placeres. El placer de bajar a la playa, contemplarla desierta en invierno y sumergirse en las aguas bulliciosas del verano. Placeres comunes y corrientes. No para él, que no puede caminar desde hace nueve años. No para ella, a la que, cada vez, le cuesta más empujar la silla de su marido por lugares sin accesibilidad.

No pensemos ya en la arena de la playa. Si fuera tan sencillo… Si llegar al paseo marítimo fuera solo cuestión de empujar la silla… Escaleras, rampas mortales de ineptitud, las absurdas soluciones de accesibilidad -solo previstas para la temporada alta-… Aunque los impuestos municipales se pagan todo el año. Ocurre en muchas playas, pero a ellos lo que les duele es que ocurra en la de sus sueños, la que eligieron para retirarse hace años. Un paraíso en Almonte, Huelva, que solo brinda unos escasos servicios de apoyo a la movilidad en verano. Auxiliares que a las ocho de la tarde terminan su jornada laboral. ¿Alguien pensó en que unas personas mayores no pueden aventurarse bajo el tórrido sol del verano a las cinco o a las seis de la tarde para ir a la playa?

Cuando el sol ya no pega tanto, Isabel se dispone a empujar la silla. Pasa una hora con su marido en la orilla. A las ocho, el socorrista se les acerca. Es hora de irse. Otro día más sin playa. Otro mes. Otro verano. Reivindicaciones, recogida de firmas y por respuesta, la indiferencia. Llega el invierno, la primavera dulce y el mar sigue siendo ese horizonte inalcanzable para las personas con movilidad reducida en Matalascañas, Huelva.

Sobre este blog

No nos gusta la palabra “discapacitado”. Preferimos retrón, que recuerda a retarded en inglés, o a “retroceder”. La elegimos para hacer énfasis en que nos importa más que nos den lo que nos deben que el nombre con el que nos llamen.

Las noticias sobre retrones no deberían hablar de enfermitos y de rampas, sino de la miseria y la reclusión. Nuria del Saz y Mariano Cuesta, dos retrones con suerte, intentaremos decir las cosas como son, con humor y vigilando los tabúes. Si quieres escribirnos: retronesyhombres@gmail.com



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