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Cuando la mujer es la víctima invisible de los actos terroristas



Tres mujeres fundaron en 18981 la Asociación Víctimas del Terrorismo (AVT), entonces “Hermandad de Familiares de Víctimas del Terrorismo”: Ana María Vidal-Abarca, Sonsoles Álvarez de Toledo e Isabel O’Shea. Otras tres mujeres formaron el Colectivo de Víctimas del Terrorismo en el País Vasco (COVITE): Teresa Díaz, Consuelo Ordóñez y Cristina Cuesta. Ellas son un pequeño ejemplo del crucial liderazgo femenino en la resistencia civil frente al terrorismo de ETA. Sin embargo, la perspectiva de género ha sido totalmente olvidada en este campo hasta hoy.

Heridas, precisamente, es el título con el que la abogada e investigadora Irene Muñoz Escandell, consultora y directora de Relaciones Internacionales de COVITE ha titulado su informe, inédito hasta el momento, que muestra la necesidad de incluir nuevos parámetros que individualicen la atención a los afectados por actos terroristas y violentos. En este caso, se centra en uno fundamental: la perspectiva de género. Dicho informe se presenta este viernes en Madrid.

Quizá por el contexto histórico, el terrorismo etarra dejó un 7% de víctimas mortales mujeres de entre los más de 850 asesinados. Rara vez las mujeres eran objetivo de la banda, como lo fueron la fiscal de la Audiencia Nacional Carmen Tagle o la exetarra María Dolores González Catarain, Yoyes. Las muertas eran para ETA meros ‘daños colaterales’, o bien parte del conjunto de asesinados en atentados indiscriminados, como el de Hipercor en Barcelona en 1987 entre muchos otros.

Durante los años más violentos, en las décadas de los 80 y 90, la sociedad española era muy diferente a la actual y transitaba despacio hacia un igualdad que aun no ha llegado. Apenas había mujeres en las fuerzas de seguridad, en los Ejércitos ninguna hasta 1988 (y aún son una inmensa minoría), pocas eran empresarias o tenían altos cargos en política o la Judicatura. Sin embargo, el terrorismo ha dejado un reguero de mujeres afectadas.

Ellas resistieron por todos los demás: viudas, madres, hijas, hermanas que sacaron adelante a sus familias y cuidaron de los heridos en silencio, pero que no recibieron apenas ayudas para sus propias heridas, físicas y psicológicas.

En unas declaraciones para El País en un completo reportaje sobre mujeres víctimas de ETA, el exministro de Cultura socialista José Manuel Rodríguez Uribes (primer director general de Apoyo a las Víctimas del Terrorismo entre 2006 y 2011), recordaba cómo las víctimas de ETA pasaron por cuatro etapas: una de negación e irrelevancia, entre 1969 y mediados de los años 80; luego hubo una fase de “compasión” social, hasta el asesinato de Gregorio Ordóñez en 1995 y de Miguel Ángel Blanco, en 1997 (“cualquiera podía ser la víctima”, razona Uribes); a continuación llegó una fase de “solidaridad” y “después del atentado islamista del 11 de marzo de 2004, comenzó, por fin, el tiempo de los derechos de las víctimas a las que la sociedad debía reconocer, proteger, respetar”. Las víctimas tenían por fin el “derecho a la verdad”.

Nada de ello hubiera sido posible sin las mujeres que lideraron la respuesta civil contra ETA, tanto en las calles como en los despachos y como en sus propios hogares. Sin embargo, el informe de Irene Muñoz Escandell destaca algunos casos sangrantes de invisibilización, como el de Guadalupe Redondo muerta junto a su marido en un atentado en 1979: la ciudad de León dedicó una calle al matrimonio con un letrero que rezaba, hasta hace pocos años, Calle de Gonzalo Rey Ámez y esposa.

“Una ventana más”… pero necesaria

En palabras de la autora de Heridas, la introducción de la perspectiva de género no es otra cosa que “subrayar la necesidad de abrir una ventana más desde la que mirar la realidad, sin renunciar a otras ya instaladas en práctica habitual de las Administraciones Públicas, entidades y agentes sociales que traten con víctimas del terrorismo”.

Con la inclusión de una perspectiva de género, los programas de ayuda, memoria y homenaje serían sustancialmente diferentes, útiles y cumplirían mejor su función: reivindicar la memoria para seguir adelante.

Porque la idea que subyace es el derribo de estereotipos que pueden suponer una carga extra para ambos sexos: la mujer sólo como madre y cuidadora, en silencio, y el hombre con un supuesto rol hegemónico por imposición social, especialmente gravoso para quienes resultaron heridos con alguna discapacidad.

Tradicionalmente las mujeres víctimas del terrorismo han quedado retratadas como heroínas, valientes, luchadoras, discretas, enteras… Unos adjetivos que normalmente esconden soledad, estoicismo, resignación, administración de recursos escasos, reivindicación realista de su condición y, sobre todo, eficacia con discreción.

Esta investigación es un primer paso en el largo camino para intentar eliminar las desigualdades entre mujeres y hombres que, en este caso, han sufrido la violencia terrorista. En última instancia, la autora reivindica que las víctimas no sean vistas como objeto de atención, sino como sujeto de derechos. Es decir, para que “el colectivo no pase por encima de la persona y termine por revictimizarla“.





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