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La guerra en Ucrania se estanca tras un mes y asoma el fantasma de las armas químicas



Faltaban aún 15 minutos para que acabara el tercer toque de queda general cuando las sirenas de Kiev volvían a advertir de un posible bombardeo. Media hora después sonaban varias detonaciones y, poco a poco, la Plaza de la Independencia (Maidán) empezaba a llenarse de un humo blanquecino que sus habitantes ya conocen de sobra.

El calendario indica que se ha cumplido un mes desde la invasión rusa de Ucrania y en la capital, aún libre de cerco terrestre, ya se ha normalizado la vida ante la diaria y aleatoria lluvia de proyectiles.

La mañana del miércoles, día 28 de la guerra, ardían varias viviendas y locales de dos barrios de la capital. Por la tarde, el alcalde, Vitali Klitschkó, informaba de otro bombardeo en el aparcamiento de un centro comercial. Una persona murió y dos fueron hospitalizadas. Las víctimas se suman a otra de la tarde del martes en un ataque de dron a otro barrio. Y a los ocho muertos en el bombardeo más destructivo realizado en Kiev hasta el momento, el del centro comercial de Retroville, el pasado lunes.

La capital de Ucrania lleva ya un mes esperando una ofensiva que cada día parece algo más lejana en el horizonte. El miércoles, el consejo municipal de Bucha, un suburbio de los que rodean la capital, afirmó que las tropas ucranianas habían conseguido cercar a los soldados rusos que llevan un mes tratando de romper la línea de defensa en las ciudades dormitorio de Irpin y Gostomel, que preceden a Kiev. La situación de los militares rusos sería tan comprometida en estas zonas que, según ha denunciado el alcalde de Irpin, Oleksandr Markushyn, habría utilizado fósforo blanco, un arma prohibida por la Convención de Armas Químicas de 1997.

De confirmarse, no sería solo un revés para la moral de unas tropas, que volvería a quedarse sin líneas de suministros. También sería un gran paso atrás que retrasaría el principal objetivo de la ofensiva de Vladimir Putin, tomar la capital y deponer o hacer huir al Gobierno de Volodímir Zelenski. Todo en un conflicto que parece empantanado en casi todos sus frentes en un momento en el que Estados Unidos eleva la alerta ante un posible ataque con armas químicas como los que ya se vieron durante la guerra en Siria.

La inteligencia británica aseguró este miércoles que la ofensiva rusa en el norte sigue prácticamente estática, tanto en Járkov como en Chernígov, ambas castigadas con dureza por la artillería. Según Londres, Rusia está “en un periodo de reorganización antes de reanudar las operaciones ofensivas a gran escala”. Pero en el sur, el avance no solo está frenando, sino que hay contraofensivas ucranianas que estarán haciendo retroceder a los rusos desde Mykoláiv a Jersón, tomada hace ya dos semanas, apunta el Pentágono.

El riesgo “real” de las armas químicas

El estancamiento de los frentes llega en un momento en el que el discurso de EEUU sobre el riesgo de un ataque químico de Moscú lleva días ocupando titulares. Biden ya acusó de ello a Putin el lunes, y el miércoles calificó de “riesgo real” esta opción.

Putin lleva semanas levantando sospechas sobre un supuesto proyecto de Ucrania y EEUU para desarrollar armas biológicas en laboratorios ucranianos. El líder ruso asegura que su ejército ha detectado en territorio ucraniano rastros de la eliminación de pruebas sobre la existencia de programa biológico-militar financiado por EEUU. Y este miércoles, el Parlamento ruso ha anunciado la apertura de una invertigación sobre estos laboratorios.

Para Biden, este mensaje no es más que un pretexto para justificar un ataque con armas químicas. Y su postura ha sido adoptada por la OTAN, que en su cumbre de este jueves acordará el despliegue de cuatro nuevos batallones multinacionales en Eslovaquia, Hungría, Polonia y Bulgaria. Pero también el suministro de equipos de protección ante posibles ataques químicos o nucleares.

Casi mil civiles muertos

Entre tanto, la estrategia de Moscú pasa por el bombardeo constante de objetivos militares y estratégicos que está desangrando a la población civil. Las Naciones Unidas han confirmado hasta el momento casi 900 víctimas, aunque reconocen que el balance será muy superior. La mayoría ha muerto por los efectos de “artillería pesada, lanzamiento de cohetes múltiples ataques aéreos y con misiles”. Gran parte de las víctimas se ubican en la arrasada Mariúpol, que aún no ha caído del todo y cuya resistencia, según el Gobierno de Ucrania, está “salvando” a otras ciudades, como Dnipro, Kiev y Odesa de un asedio mayor.

De seguir así, la situación apunta a un conflicto enconado y prologando en el corazón de Europa que cambiará —ya ha cambiado— el plano geopolítico y las relaciones comerciales, con un importante impacto en el precio de la energía. Pero sobre todo revivirá el escenario de la guerra fría, con una amenaza constante para la que toda Europa aumentará sobre manera su gasto militar, no solo en defensa, sino en apoyo armamentístico a Ucrania.

Según el International Crisis Group, si no hay un acuerdo que ponga fin al conflicto, Occidente y Rusia entrarán en un nuevo círculo vicioso de acumulaciones militares en sus fronteras que elevará la tensión. Si Europa y EEUU mantienen el esquema actual de enviar armas y personal militar de formación a Ucrania y países vecinos, “aumentará el riesgo de bajas entre los ciudadanos de los estados miembros de la OTAN”, un “nivel de peligro completamente nuevo”.

Pero el acuerdo está lejos y las partes se culpan de ello mutuamente. El ministro de Exteriores ruso, Sergey Lavrov, aseguraba este miércoles que Zelenski está “dilatando” las conversaciones para “dramatizar” y poder “intervenir con su camiseta caqui en los parlamentos del mundo para demandar con lágrimas en los ojos la injerencia de la OTAN”.

Y la camiseta caqui de Zelensky hoy se ha paseado por el Parlamento Francés para recordar el lema de su revolución, y también por el de Japón, para recordarles la catástrofe nuclear de Fukushima, compararla con la que puede volver a ocurrir en Chernóbil, en manos rusas, y pedir más apoyo para continuar una batalla en la que ahora, como nuevo icono de la resistencia, todo le empuja a no ceder Crimea ni el Donbás.





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