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la pionera que guardó los sesos de su esposo muerto


Aquel día, la Parca arribó montada en un coche de caballos. Era el 19 de abril de 1906 en París y el tiempo, pésimo, no auguraba buenas noticias para Pierre Curie. Esa mañana, el pionero en el estudio de la radioactividad ascendía con paso cansino por la calle Dauphine. No estaba en su mejor momento de forma: lento por culpa de una debilidad reumática, dejaba entrever problemas para moverse. Para colmo, la molesta llovizna que copaba la capital había hecho que proliferaran los charcos a lo largo de las aceras. Una jornada pésima para caminar, vaya.

A Pierre, el fin le aguardaba al otro lado de una acera cualquiera. Al cruzar la calle, un ‘camión’ –como se llamaba entonces

 a los carruajes– le atropelló. Los dolores le impidieron escapar y el agua le hizo resbalar. Un cóctel letal que provocó que el vehículo, cargado hasta la toldilla de material militar, pasara por encima de su cráneo y desparramara sus sesos por las calles de París. «El accidente fue banal, idiota, y produce una profunda sensación de tristeza en el mundo científico. El sabio admirable y modesto que descubrió los secretos del radio no se merecía ese final trágico», explicaba ‘Whisky’, el corresponsal de ABC en Francia.

Tres horas y media después de aquella locura,
Maria Salomea Skłodowska-Curie
recibió la noticia de la triste muerte de su esposo. Le afectó tanto que guardó cual tesoro ropa con restos de sesos en su armario. Aunque, al final, la quemó. «Pierre duerme su último sueño bajo la tierra; todo terminó, todo terminó, todo terminó… No veo nada que pueda consolarme, excepto quizás el trabajo científico, y ni siquiera eso porque, si lo hago con éxito, no soportaré el no poderlo compartir», escribió la ya viuda en su diario. A partir de entonces, y durante algunos meses, todo se detuvo en la vida de la también científica. Fue un golpe a la mandíbula.

Sin embargo, la dama Curie logró sobreponerse a ese duro revés del destino. No solo eso, sino que superó con creces el trabajo que había llevado a cabo con Pierre y se convirtió en una de las científicas más reconocidas de la historia. Apenas cinco años después obtuvo en solitario el Premio Nóbel de Química por haber aislado el radio metálico y se convirtió en la única persona en hacerse en dos ocasiones con aquel galardón. Además, sus conocimientos ayudaron a salvar cientos de vidas en la
Primera Guerra Mundial
; algo que suele pasar de puntillas por los grandes manuales de Historia (con H mayúscula). Y así continuó hasta que dejó este mundo en 1934 por culpa de una anemia aplásica.

Trágica infancia y dura adultez

Aquella no fue la única tragedia en la vida de María. Más bien lo contrario. La suya fue una existencia acompañada de dolor desde el instante en que Polonia la vio nacer el 7 de noviembre de 1867. Cuentan sus biógrafos que pasó sus años mozos a la sombra de una familia que no supo demostrarle cariño. No tardó, además, en ver marchar a su madre –fallecida por tuberculosis– y a una de sus hermanas. «Hubo que tomar pensionistas. Uno de ellos enfermó de fiebre tifoidea, contagiando a Zosia y a Bronia. Bronia curó. Zosia, más débil, sucumbió a la fiebre. La muerte penetró en la casa», escribió Eva, hija de la científica, en una obra dedicada a su progenitora.

Lo que no se le puede negar es que era brillante. Lo fue en la escuela primaria, en bachiller y en todos aquellos aspectos de la vida en los que se centró. Hasta tal punto, que no tardó en convertirse en institutriz para familias acomodadas. Varsovia fue la ciudad en la que más tiempo trabajó hasta que, por cabriolas del destino, decidió cambiar de aires y viajar a ‘la France’. «Querida, es necesario que hagas algo por tu vida. Si reúnes este año algunos centenares de rublos, el año próximo podrás venir a París y vivir con nosotros, en donde tendrás cama y comida», le ofreció su hermana Bronia a través de una larga misiva.

Córdoba. Abril de 1931. La ilustre investigadora francesa en su visita a la Mezquita Catedral, acompañada del alcalde, Sr. Baquero, y otras autoridades
Córdoba. Abril de 1931. La ilustre investigadora francesa en su visita a la Mezquita Catedral, acompañada del alcalde, Sr. Baquero, y otras autoridades – ABC

María viajó a Francia a finales de 1891 con el objetivo en mente de tener estudios superiores en ciencias, algo que Polonia no permitía a las mujeres. Poco después se inscribió en la Sorbona como ‘Marie’. Fue la primera de una infinita lista de veces que rubricaría aquel nombre. «Con el poco dinero que reunió, rublo a rublo, tuvo derecho a escuchar las clases que le placían y a utilizar la sala de experimentos», escribió su hija. A partir de entonces, la universidad fue su única meta en la vida. El hambre, la anemia y la falta de liquidez no supusieron un escollo demasiado molesto y se licenció en Física en 1895 y en matemáticas un año después. Casi nada.

Las cartas que escribió aquellos años a la familia bien demuestran las carencias que padecía: «Hermano, ya he alquilado una habitación que me conviene, en el sexto piso y en una calle limpia y decente. Tiene una ventana que cierra bien y, cuando haya arreglado la pieza, no hará frío en ella, puesto que no está enladrillada y tiene piso de madera. Comparada con mi habitación del año pasado es un verdadero palacio». Poco después insistió en que ya había instalado sus muebles: «Lo que pomposamente denomino así no es más que un conjunto que no vale una veintena de francos». Pero nada la detendría hasta llegar a su objetivo final.

Años agridulces

Si bien se licenció en 1895, fue unos meses antes cuando su vida dio un cambio de rumbo. En 1894, Marie conoció a Pierre, también físico. Él se convirtió en su media naranja tras pasar por el altar y la completó a nivel personal y profesional. «Los primeros días se entretuvieron como chiquillos. Compraron dos bicicletas y dos impermeables porque el verano era lluvioso, y salían todos los días a pasear por las carreteras», explicaba Eva. Aunque donde más se divertían era en el laboratorio, donde colaboraron mano a mano durante años y donde la doncella de la radiación adquirió no pocos galardones.

«Dos licenciaturas, un concurso de agregación universitaria y un estudio sobre la imantación de los aceros templados, tal fue el balance de su actividad hasta 1897», destacaba su hija.

Fue en su laboratorio, construido de forma improvisada en su casa, donde comenzaron a estudiar el fenómeno que les hizo famosos: la radiactividad natural. Se toparon con él por casualidad tras leer una investigación previa de Antoine Henri Becquerel, pero ellos lograron algo mucho mayor… descubrir dos elementos nuevos. El primero fue el radio, con el número atómico 88 en la tabla periódico; el segundo, el polonio, nombrado de esta guisa en honor de la patria que había visto nacer a Marie. «El matrimonio buscó el elemento nuevo en la pernblenda, que en su estado bruto se ha manifestado cuatro veces más radiactiva que el óxido de urano puro», desvelaba su hija.

En la casa de Blanco y negro y ABC. La ilustre representante de la ciencia francesa, Marie Curie, y su hija, durante su visita a nuestros talleres
En la casa de Blanco y negro y ABC. La ilustre representante de la ciencia francesa, Marie Curie, y su hija, durante su visita a nuestros talleres – ABC

El uno y el otro, el otro y el uno, se negaron a patentar su descubrimiento para que la ciencia pudiese investigarlo más. Y no les fue mal. En 1903, ambos compartieron el Premio Nóbel de Física con Becquerel por sus investigaciones y descubrimientos, algo que la revista Blanco y Negro narró de esta guisa:

«Ahí tienen ustedes a un matrimonio de sabios de veras, que son los héroes del día y aun del año y quizás del siglo: esa señora que esta manejando un aparato raro es Madama Curie, y a su lado, puesto de trente, Monsieur Curie. Ambos son los descubridores del radium, el nuevo cuerpo simple que vale exactamente tres mil veces su luz y calor sin disminuir lo más mínimo su volumen ni su peso; que lanza rayos invisibles de tres clases, unos benéficos que sirven para curar lupus y matar varias clases de microbios y para prolongar la vida y hasta para crear nuevas especies, según Mr. Curie. Con la luz del radium se ve al través de los huesos del cráneo y se estudia en vivo el trabajo del cerebro».

La muerte de Pierre fue a la vez freno e impulso para Marie. En principio se quedó en ‘shock’. Sin embargo, supo sobreponerse y continuar con sus proyectos. Allá por 1910 obtuvo una cátedra de física en la universidad de la Sorbona; aquella que había dejado libre su marido. Así, se convirtió en la primera mujer que dictó clase allí. Por descontado, fue la directora del nuevo Instituto del Radio. Sus estudios en el campo de los Rayos X fueron también clave en muchos campos de la medicina. Así, no resulta extraño que ganara el Premio Nóbel de Química en 1911.

Sin haberse lucrado a pesar de ser una pionera, en la
Primera Guerra Mundial
adquirió aparatos de rayos X portátiles y creó varias ambulancias radiológicas. Por su fuera poco, tras el conflicto se convirtió en la directora del Servicio de Radiología de Cruz Roja francesa. Murió en 1934 por culpa de una enfermedad provocada por los mismos elementos radiactivos que había estudiado durante años. Triste ironía.



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