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Assange y la compasión de López Obrador



¿Podría Julian Assange acabar refugiado en México? El presidente Andrés Manuel López Obrador le ha vuelto a ofrecer esta semana asilo político al activista australiano, sobre el que pende una posible extradición a Estados Unidos. No es la primera vez que el presidente mexicano le abre las puertas de su país. Ya lo hizo hace un año, poco antes de que concluyera el mandato de Donald Trump. López Obrador ha revelado que le envió una carta al entonces presidente saliente de Estados Unidos pidiéndole que perdonara al fundador de Wikileaks. Y recibió la callada por respuesta. Ahora ha vuelto a la carga, pero esta vez el destinatario de su mensaje (sin carta de por medio) ha sido el demócrata Joe Biden, a quien le ha pedido un gesto de humanidad.

“Nosotros hemos fijado nuestra postura y estamos dispuestos a ofrecer asilo a Assange en México”, dijo López Obrador en una rueda de prensa esta semana: “Consideramos que el gobierno de Estados Unidos debe actuar con humanismo. Assange está enfermo y sería una muestra de solidaridad, de fraternidad, permitirle que recibiera asilo en el país en el que él resolviera vivir, incluido México”.

El gobierno mexicano ha hecho público el escrito que López Obrador le envió a Trump en diciembre de 2020. Una carta en la que el mandatario mexicano apelaba a la “compasión”: “En su reclusión en Londres, la salud del señor Assange se ha deteriorado severamente y se encuentra en riesgo real de morir en prisión. Si logra salir con vida de esta situación, enfrenta una posible condena de cárcel por muchos años en Estados Unidos. En mi opinión, aunque haya actuado de manera equivocada, es una persona movida por ideales y principios, y pienso que por ese hecho debiera ser merecedor de compasión”.

El canciller mexicano, Marcelo Ebrard, no ha tardado en rebajar las expectativas sobre un posible asilo político. La situación procesal del activista no permite en estos momentos que se pueda acoger a ese derecho. Un tribunal de apelaciones londinense avaló hace un mes su extradición a Estados Unidos al considerar que Washington había ofrecido suficientes garantías de que Assange recibirá un trato correcto. Corregía así la decisión tomada hace un año por la justicia británica de denegar la entrega debido al deterioro de la salud física y mental de Assange. Sus abogados han recurrido el fallo y el caso está en manos de la Corte Suprema.

México cuenta con una larga tradición de asilo político. Más de 20.000 españoles que huían de las garras de Franco recalaron en México a partir de 1939 tras el firme apoyo del presidente Lázaro Cárdenas a la República. Años más tarde llegarían oleadas de exiliados latinoamericanos provenientes de países con regímenes dictatoriales. Hace dos años, y ya bajo el gobierno de López Obrador, México recibió a Evo Morales, depuesto en un golpe de Estado orquestado por sectores de la oligarquía, la derecha política y las fuerzas armadas de Bolivia.

Para López Obrador, el asilo de Assange es una cuestión de “solidaridad y fraternidad”. Como ha recordado el mandatario mexicano, Assange está enfermo. Y en Estados Unidos se enfrenta a 175 años de prisión, según su defensa, por la ristra de delitos de los que le acusa Washington: espionaje, conspiración, piratería informática… Con su ofrecimiento, López Obrador le echa un pulso al siempre incómodo vecino del norte y gana algunos puntos en su imagen internacional como defensor de los derechos humanos y del pensamiento crítico. El año pasado hubo quien le criticó por proponerle asilo a Assange unos meses antes de que se celebraran las elecciones legislativas y regionales. Ahora habrá también quien pueda pensar que el mandatario progresista trata de fortalecer esa imagen de estadista internacional por la próxima convocatoria de un inédito referéndum revocatorio que se celebrará este año y en el que AMLO (como lo llaman los mexicanos) ha decidido poner a prueba su popularidad dos años antes de que concluya su mandato.

Acoso judicial de EEUU

Para Washington, Assange es una suerte de bestia negra, el hombre que se atrevió a revelar algunos de sus secretos de Estado más aberrantes. Tanto demócratas como republicanos han perseverado en la persecución judicial de Assange por las filtraciones que publicó Wikileaks desde 2010 (pruebas sobre la comisión de crímenes de guerra, espionaje masivo, etc.) y cuya divulgación no ha sentado nada bien a los inquilinos de la Casa Blanca. En los cables diplomáticos filtrados a la plataforma de Assange también aparecía el nombre de López Obrador, cuyas actividades como líder de la oposición eran seguidas muy de cerca por la inteligencia norteamericana. El diario La Jornada publicó materiales de Wikileaks en los que la embajada estadounidense en México reconocía que había desempeñado un papel fundamental en la consolidación en el poder del derechista Felipe Calderón.

A Assange ya le otorgó asilo político en su día Rafael Correa. El exhacker australiano vivió siete años en la embajada de Ecuador en Londres, hasta que Correa abandonó la presidencia de ese país y su sucesor, Lenín Moreno, le retiró la protección consular. Desde 2019 está encerrado en una cárcel británica de máxima seguridad a la espera de que se resuelva definitivamente la solicitud de extradición cursada por Estados Unidos. Según sus abogados, la salud física y mental del activista se ha deteriorado profundamente desde su ingreso en prisión.

Como escribió recientemente el periodista argentino Santiago O’Donnell —autor de los libros ArgenLeaks y PolitiLeaks—, el problema de fondo que subyace en el caso Assange es lo difícil que resulta publicar ciertas verdades: “El tema es que lo metieron preso y lo quieren matar por lo que publicó. Y no es porque lo odian. O no es solo por eso. Las razones de Estado van más allá. Lo quieren silenciar y lo quieren ver sufrir porque publicó verdades que nunca más deben salir a la luz. Y para que eso no vuelva a pasar, nadie más debe atreverse a publicarlas sin sentir el riesgo de terminar loco o muerto o pudriéndose en alguna cárcel de máxima seguridad”. Cuenta O’Donnell que Assange, quien le entregó 2.500 cables de Wikileaks sobre Argentina, le comentó en cierta ocasión: “Conseguir información es fácil, lo difícil es publicar”.

El asilo ofrecido por López Obrador sería un alivio para Assange, aunque no debería plantearse en términos de compasión sino de justicia. Assange no se equivocó al difundir informaciones veraces sobre asuntos de extrema gravedad. Su determinación le ha costado su libertad y su salud. En todo caso, la propuesta, si puede materializarse cuando la situación procesal del activista lo permita, le evitaría descender al infierno que supondría para él poner un pie en Estados Unidos con las manos esposadas. La invitación de México estaría condicionada a que no interviniera en asuntos políticos externos. Su voz, por tanto, seguiría silenciada. Pero a la Casa Blanca no le basta con eso. Como dice O’Donnell, quieren que se pudra o se vuelva loco en una cárcel. Un aviso para navegantes, es decir, para los periodistas y editores de prensa de todo el planeta.





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