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Unos reyes no tan católicos


En la vida de los países suele haber un momento crítico en el que dejan de ser mera geografía para convertirse en nación, personaje histórico. Algo así como llegar a la mayoría de edad de las personas. Aunque algunas no lo logran nunca.

¿Cuál sería ese punto de inflexión en España? De hacer esa pregunta sospecho la respuesta mayoritaria: Covadonga. Con buenas razones pese a saber que no fue la gran batalla que nos enseñaron en la escuela. Lo más probable es que fuese una refriega entre cristianos refugiados en aquellos riscos y una patrulla musulmana harta del frío y humedad deseando largarse adonde incluso de noche hacía calor. Pero, cuidado: era la primera retirada árabe desde el Guadalete, el

 inicio de la Reconquista. Algo muy importante y muy serio. Se tardaría siete siglos en echarles, pero se logró. De no haberlo hecho, la Península Ibérica se parecería a los Balcanes: una serie de estados reconquistados finalmente con ayuda europea, pero con grandes bolsas musulmanas y tal enemistad entre ellos que merecerían el calificativo de ‘polvorín ibérico’, tan explosivo o más que el del ‘barril de pólvora balcánica’.

Es por lo que prefiero buscar ese punto de inflexión de nuestra historia en el final de la Reconquista. Concretamente, en el 19 de octubre de 1469, cuando se casan en Valladolid Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón. Ambos eran Trastámaras y primos lejanos, por lo que el Papa Paulo II se negó a autorizárselo. La verdadera razón era política: todos temían que Castilla, con siete millones de habitantes y abarcando ya Asturias, Galicia, Extremadura, Murcia y toda Andalucía menos Granada, pudiera absorber Aragón, que con Cataluña, Valencia y Baleares aportaba 680.000 habitantes e importantes territorios en Italia y Grecia, convirtiéndose en gran potencia europea. Cómo se consigue esa boda es de mala película histórica norteamericana, que incluye el soborno del nuncio Antonio Jacobo de Viremis para legalizar una bula falsa de un Papa, Pío II, muerto hacía cinco años. Al enterarse, Paulo excomulga a ambos cónyuges. Pero muere poco después y el nuevo Pontífice, Sixto IV, hace cardenal a Rodrigo Borja, que pronto sería Alejandro VI, que ya había aceptado la falsa bula a cambio de ser nombrado duque y prometido Gandía. Mientras, los recién desposados se afanan en consolidar su reinado sobre dos pilares: la igualdad de ambos reinos, el ‘tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando’, es decir, Castilla y Aragón, manteniendo su instituciones, y buscando la proximidad de sus súbditos, visitándolos. Los cronistas hablan del buen efecto que causaba en las villas castellanas el recato de Fernando, siempre en segundo lugar tras Isabel, y la excelente impresión de esta, casi siempre embarazada, a caballo, por tierras aragonesas. Con la toma de Granada como principal objetivo político-militar. Pero no se quedaban en eso, que hoy llamaríamos ‘public relations’, sino que crearon la Santa Hermandad, antecesora de la Guardia Civil, para acabar con el bandolerismo surgido en el desmadre de los últimos reinados, trajeron a palacio a la nobleza provinciana para evitar que siguieran conspirando en sus predios, y expulsaron a los judíos que no quisieran bautizarse, así como a los moriscos más tarde, con lo que se ganaron al Vaticano, que les premió con el título de Reyes Católicos. Es verdad que con ello privaban a la España de nuevo unificada del germen de una burguesía que iba a ser la protagonista de la Edad Moderna que se iniciaba y la convertían en adalid de la Contrarreforma luterana. Es decir, la hacían antimoderna. Pero ‘there is not gain without pain’, como dicen los ingleses, ‘no hay ganancia sin dolor’, y lo prefirieron en aras de su política unificadora.

Esa política la trasladaron a otros terrenos. El cultural, por ejemplo. Los Reyes, sobre todo Isabel, querían que Palacio fuese en cierto modo un aula y encargaron a Beatriz Galindo, ‘La Latina’, que enseñase a las damas nobles algo más que buenas maneras, mientras un muy posible judeo-converso, Elio Antonio de Nebrija, profesor en Salamanca y Alcalá, publicó la primera ‘Gramática castellana’, que convertirá el español en ‘compañera del imperio’ que vendría tras el descubrimiento de América y que se extendió al Pacífico, pudiéndose decir que el sol no se ponía en él. Fruto todo ello, de la política matrimonial de los Reyes con sus hijos e hijas, que les enlaza con las principales monarquías europeas y hace de Catalina de Aragón Reina de Inglaterra tras su boda con Enrique VIII, quien al darle una hija pide al Papa que anule su matrimonio para poder casarse con Ana Bolena. Y al no dárselo, acude al arzobispo de Canterbury, rompiendo no sólo el matrimonio, sino también la separación de la Iglesia anglicana de Roma. Mejor le fue a Felipe II, hijo de Carlos I e Isabel de Portugal, que al morir sin descendencia el Rey Don Sebastián, tenía los mayores derechos al trono portugués, que ocupó, uniendo ambos imperios por algún tiempo.

La desgracia, sin embargo, no fue la de la Armada Invencible, que tan mal acabó en su intento de invadir Inglaterra, sino un hecho en el que nadie cayó entonces, ni más tarde. Me refiero a que «el imperio es el enemigo de la Nación» (Sebastián Haffner), y aquella España tenía encima no uno, sino dos imperios, tres si contamos el europeo, que se llevaban todos sus recursos y energías. Pero esta es otra historia, que requeriría no una Tercera, sino una biblioteca.

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José María Carrascal es periodista



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